Román

¡Qué va, no todo lo que se ve al microscopio se identifica inmediatamente!; pero todo lo que no se conoce descarta lo conocido. Una obviedad que aprendí en mi tercer año de residente. Allí había células para afirmar que Román era una carcasa que contenía un tumor de estilo único. Cada uno enferma como la persona que es parecía decir la imagen.

Lo miraba despacio, campo a campo. La médula casi llena de esas células de medio tamaño y apariencia inofensiva. Una médula monomorfa, clónica, igual a sí misma. Al fin y a la cabo así son todas, -dijo Rafa. La vida sana es polimorfa, -prosiguió-, desigual. Desde arriba, con el objetivo de diez aumentos ese mundo microscópico representa la diversidad. Si es diverso es viable. Nosotros estamos aquí para devolver ese caos. La uniformidad, esta uniformidad, predice la locura y la muerte.

Rafa fue mi guía, mi gurú en el micromundo. Sabía hacer que la biología contara sus secretos; movía a saltos la muestra como ordenando los tiempos, siempre con su Ducados cerca, y esa persistente vocación de compañero.

Román se llama. Muy pálido. Esto no es bueno, ni siquiera es frecuente. Y soltaba el humo, y volvía a mirar como arrebatado por un nombre en la punta de la lengua que se niega a salir.

-Veremos qué dice la citometría.

Y lo dijo. Luego con el diagnóstico en la mano subimos a verlo. Un hombre grande con traje de calle, hundido en el sillón de una habitación enorme, la corbata desanudada, los hombros vencidos, en absoluto mutismo. Ese traje gris que fue quitándose obedientemente. Le dieron la ridícula bata de apertura posterior. Nosotros sentados en el borde de la cama con batas asépticas, calzas, mascarillas, gorro y guantes.

-No puedo abrir la ventana, -dijo.

-Están clausuradas.

-¿Estoy en una cárcel?

-Estás en un útero.

Rafa no ponía adornos a sus palabras, carecía de esa opción cerebral. Solo ponía certezas.

-¿Qué va a ser de mi?. Tengo una novia guapa, una preciosa tienda, una familia por consolidar. ¿Qué va a ser de mí?

Alguien pasaba su mano con liviandad por su pelo, una mujer de melena alborotada y tez dorada por el aire marino.

Solo podíamos explicar las próximas 24 horas, tal vez los primeros días, tal vez hacer que se sintiera lo más normal posible en ese mundo experimental donde solo el paciente es interino.

-Lo primero empezar tratamiento. Lo primero y lo último, porque todo depende de la respuesta.

Las siguientes semanas Román leía a ritmo de dos libros cada 3 días; sonreía y anotaba síntomas menores como se anota la lista de la compra o los temas difíciles de memorizar. Hablábamos y, sobre todo, nos examinaba para calmar el martirio que supone arrancarse las dudas sobre la absoluta responsabilidad de las personas en las que depositas tu vida. Yo le miraba a los ojos cuando hablábamos. Tenía un color verde que según la luz podía ser abisal o aceituna. Veía a un hombre joven, mimado por la vida hasta ayer, herido de hermosura y cáncer, fluctuando entre la culpa y una agónica interrogación que deseaba depositar en los bolsillos de mi bata. No respondió al primer tratamiento habitual ni al segundo. Rafa seguía diciendo que eso que aparentemente era crónico pero se comportaba como agudo era muy, muy hipócrita y muy, muy resistente. Necesitábamos iluminación, -dijo. El tercer tratamiento fue tan radicalmente acertado que consiguió entrar en un trasplante. En ese punto llevaba tres meses de útero y 15 kilogramos menos. Crucé a su lado por el trasplante y el postrasplante. Aquel caballero metafísico era un Quijote vencido.

Una mañana clarísima de septiembre cinco años después, un hombre de ojos tibios se acercó con sigilo a mi mesa mientras esperaba un café y a un amigo. Aún no te he dado las gracias,

-dijo- . Me entregó una caja roja con una luna plateada, un oropel lunar lleno de anotaciones con todas mis respuestas a sus primeras dudas. A veces la miro como a una fotografía enriquecida por la certeza de que estar vivo es un azar.

Texto: María Alcocer.

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