ARCADIO

La médica de la cabeza parece enamorada de las matemáticas, como ni nieta Lucía. Me manda correr por los números de arriba a abajo, de abajo arriba, como si estuviera en viaje de novia. Y la geometría es una mirada de color en los cartones donde habitan sus cárceles rectángulos, cuadrados, triángulos y vuelta a empezar pero como un kamikaze ebrio y de prisa triángulos, cuadrados, rectángulos. La geometría me recuerda mucho a Anouska en Ucrania malherida y se lo digo. Mi odio a las matemáticas sólo es comparable a las perplejidades de don Terencio y del Viti, dos profesores más duros que los guardias civiles de tantos Guantánamos españoles. Esos dos torturadores están ya muertos. Esto no lo sé, lo supongo, como supongo que nunca entenderé haber pasado con éxito dos fosos llenos de cocodrilos hambrientos.
Hay una procesión de retratos que desfilan entre ella y yo como una rueda de reconocimiento policial. Me extiendo en cada uno más de la cuenta, según ella.
– El nombre, el nombre sólo.
Como el loco soy yo y no ella, hago lo que me da la gana y largo lo que ella no quiere ni espera. A los locos hay que permitirles todo, para eso mi amigo Ignacio Bellido revolucionó la psiquiatría española cuando volvió de América. Fin de los manicomios. Ahora los locos andamos por la calle con un bastón y una altivez física en las piernas de trapo y un olvido en copa larga.
Así que largo de Arias Navarro, de Carrillo, de Adolfo Suárez, me paro en el Borbón y no escucho el freno de la médica de la cabeza cuando suena:
– El nombre, el nombre sólo.
Largo que el de la foto ha dejado de ser recientemente Don Juanito, se le nota en la cara de susto después de que algunos republicanos le salvaran el culo para evitar un mal peor que era el golpe de Estado que aupaba al primo.
De repente, ella saca un papel y un bolígrafo azul y rojo, me digo que ese bolígrafo ha de llevarse muy mal consigo mismo. Escucho que me dice:
– Escriba una frase, la que se le ocurra.
Y escribo al segundo:
» Esta mañana amor tenemos veinte años«
La médica de la cabeza se sorprende.
-¿ La ha escrito para alguna mujer?
– No. Es de Alberti. Si quiere leerla está en una la lápida de Majadahonda.
Como los locos podemos hacer muchas cosas por dentro sin que se nos note por fuera, me sorprendo a mí mismo pensando en Arcadio. Y en José Mari, también pienso en José Mari. El delito de Arcadio fue ninguno. El de José Mari fue ninguno. El mío fue ninguno. Pero ahí estamos los tres en un agujero del invierno. A José Mari lo arrancaron de Logroño para la crueldad del monte, donde seguimos siendo clandestinos al enseñarnos más inglés, a espaldas del infiltrado Gutiérrez .
Arcadio está allí por su trabajo en la editorial Zyx. Arcadio, sí, es hijo de una militancia cristiana y obrera que alzaba sus libros contra la dictadura. Y Franco se aupó en la iglesia católica pero tenía una intolerancia enfermiza hacia la suma de cristiano y obrero. Por eso está aquí Arcadio, por dar rienda suelta en Zyx a su fe y a su fidelidad. Mientras escucho y hablo con la médica de la cabeza pienso en esa editorial que para ser libre tuvo que pagar el precio de Arcadio. Y como los locos no tenemos una estructura mental, me acuerdo también del cristianismo de base que formó la primera cultura de Luis Pastor en el barro de la colonia Sandi. Tal vez por eso Luis fue eternamente prohibido, hasta por los llamados socialistas de Suresnes. A un rojo lo veían venir, pero un cristiano les repugnaba porque se les acababan los argumentos del miedo.
Cuando la médica de la cabeza y yo terminamos de hablar, el hospital se ha vaciado. Todos han colgado sus batas y ahora se les ve marcharse al aparcamiento con sus mochilas, sus vaqueros, sus minifaldas con algunas piernas tan libertarias como la vida.
Estoy al solazo de la entrada esperando a que me devuelvan a casa. Del fondo del silencio y del vacío aparece la médica de la cabeza, quizás un poco cansada de mí, probablemente con la cabeza loca. Me acerco y no echa a correr sino que sonríe.
-Con tanta charladuría se me ha olvidado una cosa: ¿ qué hay de lo mío?
Me lo dice y se va.
Valentín Martín.
Sobre Valentin Martín 4 artículos
Valentín Martín estudió Magisterio y Humanidades en Salamanca y Periodismo en Madrid. Ejerció la enseñanza dos años y el resto vivió de escribir. Ha escrito 25 libros. El número 26 es un poemario llamado Santa Inés para volver (Versos de la memoria), que recoge la historia de sensibilidades de su pueblo. Periodista, escritor y poeta, ha publicado en la última década libros de relatos como La vida recobrada o Avispas y cromosomas; el ensayo Los motivos de Ultraversal y los poemarios Para olvidar los olvidos, Poemario inútil, Los desvanes favoritos, Memoria del hermano amor, Estoy robando aire al viento, Suicidios para Andrea y Mixtura de Andrea. A caballo entre los años 60 y 70, escribió dos poemarios y dos ensayos: Veinte poetas palestinos y El periodismo de Azorín durante la Segunda República, inicio de un largo trabajo dedicado a la literatura. En Lastura ha publicado en diciembre de 2017 el libro de crónicas y relatos Vermut y leche de teta.

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