El Portero

Volvía, como cada noche. Envuelta en la bufanda y el plumas que la aislaba del frío y de la intemperie de miradas ajenas. Cubría su cabeza  en cuanto intuía nubes enredadoras y  para disuadir  a la gelidez de penetrar dentro del pensamiento, un gorrito impermeable. Si por el contrario arreciaba el frío seco lo cambiaba por un borsalino desgastado por el uso y la costumbre de portarlo aun con sol. Debía sentir pudor de los cuatros pelillos que arremolinados en torno a una cabeza apepinada le rendía poca pleitesía. En los pies calzaba botas rematadas en piel de borreguillo, que la llegaban a la rodilla, tapando unas piernas deslavazadas, casi de pollo. Los muslos se cubrían con pantalón de franela o  pana, alternando el tejido según conveniencia o capricho. Esa era su indumentaria durante el invierno que para ella comenzaba en Octubre y acababa, entrado Mayo, incluso ya pasado. Durante el tibio verano que nos adornaba en poco variaba la indumentaria haciéndose, al menos, más liviano el tejido, pero seguía calzando botín, cubriéndose con pantalón agreste, aunque en vez de plumas llevaba chaqueta bien atada y la cabeza la adornaba el minúsculo sombrero que apenas dejaba entrever la timidez de su pelambrera escasa, aunque horadad por peine y por la contumaz costumbre del disimulo. Vano intento, porque la señora era casi calva.

La recibía en silencio. Apenas una leve inclinación de cabeza, un hola o un adiós musitado entre dientes con la mirada seria; ni una sola vez en estos veinte años dejé escapar la sonrisa. No fuera a molestarla como entonces.

Entonces éramos, ambos, jóvenes. Bueno, yo lo era, ella, siempre padeció su torva contumacia y seriedad que le hizo ser adulta cuando púber y anciana cuando adulta. Recién llegado a la conserjería del núcleo de la urbanización de lujo, sobrecogido aún, por el ruido de una ciudad que apenas conocía y agradecido a la comunidad que supo elegirme para el puesto que me reportaría, además de lo justo para vivir con una cierta decencia, un  chiscón  sin  adornos ornamentales pero justo lo que necesitaba para vivir puesto que estaba más que acostumbrado a la frugalidad. Era lo que ansiaba mi escasa ambición. Un lugar pequeño donde en no más de veinticinco metros, comía, dormía, tenía un baño diminuto y un sofá donde ver la televisión. Poco más.  Para escribir me servía de sobra  el cubículo de la portería. Incluso cuando no estaba activo, me encerraba en él, con una tenue luz que apenas se percibía desde fuera y producía los escritos que luego, enviaba a la imprenta, a nombre de Arturo Peña de Montemayor. Mi seudónimo. El mejor personaje creado por mis dedos.

Arturo Peña de Montemayor concebía en la estrechez de la portería historias truculentas, de crímenes, de manoseado interés que se vendían como churros a dos euros la unidad como si fuera material consumible. Con esa intención salí del pueblo, y busqué acomodo. Un trabajo tedioso y aburrido que  permitiera dedicarme a lo que más ansiaba. Contar crímenes, concebir mentes asesinas, psicópatas peligrosos que hicieran temblar a la ciudad entera. Y enamorar a mujeres esplendorosas, como Alejandro Gijón, la detective de la policía científica que resolvía lo insoluble. Ambas cosas las tuve  de sobra siendo portero de esta urbanización. Por eso no ansiaba nada y me sentía satisfecho de mi suerte, aunque muchos me consideran mediocre y falto de ambición.

 

A ella la conocí a poco de llegar. Entonces aún tenía pelo. No abundante, es cierto, pero el desfalco posterior no se intuía. No era guapa, nunca lo fue. Era extraña. Con una cara  extraña,como desdibujada en la que había que fijarse varias veces para memorizarla. Una nariz bien grande, torcida, que amparaba unos ojos despiertos de un raro color entre azul y verdosos, tal que botella de vidrio. La frente despejada, con unas cejas potentes, que se enervaban con gesto entre displicente o de interrogación. El cuerpo, menudo pero bello, aún no se marcaba la cojera que ahora era tan evidente. Liviana, casi como un soplo. Extraña y silenciosa tal que ave de paso.

Bajaba la escalera con andares de paloma perdida. En silencio cruzaba el corredor, con el paso cansino que ahora simplemente es de anciana y entonces aún tenía su encanto. Clavaba los ojos en el suelo como si temiera mirar al mundo y que este la devorara. Ganó mi atención al verla desvalida, sola, paseando a su perro, el anterior al de ahora. Jamás la vi con nadie. Jamás nadie la vino a buscar. Nunca la trajeron en coche o alguien se despidió de ella con amor o al menos con atisbo de algo similar a la pasión. Nunca descongeló el rictus amargo de su boca, ni la frialdad de hielo de sus ojos azules, o verdosos, o ciegos. Alguien me contó que fue niña enferma. Sin familia, los padres habían muerto años atrás. Nació al infortunio en familia mayor, adinerada, eso sí, culta y melómana, eso me aseguraron. Y poco más. Y que era escritora. Que también me lo contaron. Escritora de serio, me entiendan. No como yo de folletón a dos euros.

Quizá fueran los pocos años, la rutina del pueblo en donde todos éramos saludables y conocidos, lo que me hizo intentar intimar con la vecindad. Mis sonrisas y mi socorrida servicialidad,  consolidaron buenas relaciones con casi todos los vecinos. Algunos reticentes, marcaban las distancias como si fuera necesario el alambre de espino para separar las clases sociales. No osaba yo saltarlas, ni por asomo. Ni por interés. Que ya expuse que con mi cuarto, con la jornada de ocho horas y el tiempo libre que restaba tenía yo más que de sobra para vivir mi vida. No tenía idea de casarme, ni de formar familia, tan siquiera de corroborar mi prestigio con alguna propiedad.  Nunca nublé el entendimiento con ambiciones vanas que me eran ajenas.  Tan solo un cochecito, recio pero con años, para poder hacer la compra semanal y acercarme al pueblo en vacaciones, Navidad (no todas, que a veces había entregas urgentes de algún número más difícil) y alguna escapada a la costa, por eso de ver el mar y poderlo contar. Poco más ansiaba. Carezco, ya lo dije, de eso tan común que se llama ambición. Mi vida me gustaba, tal como era y tal como es. Mis ratos de arreglar los parterres, el jardín con las rosas, los jazmines y cortar o regar cuando es menester, me conforman el gusto por la tierra. Una vez al día, friego y barro la escalinata, recojo la basura, mantengo el portal cual patena, puliendo los dorados, colocando los focos fundidos, regando las macetas, atiendo al cartero, subo o bajo recados urgentes. En fin, lo que se hace en un portal. Y luego me sumerjo en las historias que concibo a la luz de candil y me digo ¿para qué más?

Reconozco que a ella, la contemplé con incierta ansia. Que los saludos y quiebros, de entonces eran hechos con ganas de agradar. Que es posible que a fuer de ganas de alabar o de hacerla feliz me sobrara un ligero vestigio de amabilidad. Es posible. Pero ella lo quebró con la desgana con que cortó mis alas. Me devolvió el saludo (atento, y sonriente) con la más frugal mirada que pudo escoger. Lo intenté. Lo volví a intentar. Hasta que su gesto adusto cavó las barricadas entre ambos y yo retiré mis soldados hasta la retaguardia donde nunca volvieron a salir.

¿Cómo decirle ahora que jamás hubo mala forma? ¿Cómo explicarle que fue la curiosidad, o quizá una lejana atracción lo que me llevó a cogerle la bolsa aquella vez? Y mi desolación ante la brusca retirada de su mano al intentar ayudarla. Su mirada de hielo posada en mis ojos que cegaron para siempre mi afectividad. ¿Cómo explicarle que no buscaba nada más que una conversación afín, una mutua confianza, un pedirle algún consejo sobre libros…o enseñarle algo escrito por mí? ¿Cómo romper el muro de la inquietante desconfianza que levantó cual empalizada ciega ante mi amabilidad?

Ahora regresa yerta, temblando por el frío. Su perro me contempla con la misma acritud de su ama. Alguna vez le dije si quería que yo le sacara a pasear. Con gusto le haría el favor. Fue un día en que la vi mayor. Andaba cabizbaja, renqueante, con suspiros de miedo y estornudos que convulsionaban su cuerpo menudo. Le ofrecí mi tiempo, como a un náufrago se le tira un balón.  Me miró displicente.

-Gracias, Andrés, pero no hace falta. A mi perro lo paseo yo-

-Lo sé, doña Clara, pero si algún día se encuentra mal o no puede salir, cuente que yo estoy aquí-

-Gracias. Pero no-

Salió camino de la calle. Con las botas raspando el asfalto y el gorrillo calado hasta dejarla casi sin vista. La contemplé mientras subía calle arriba, tirando de la correa del  chucho que olfateaba , a cada paso, el lugar indicado para hacer su necesidad. Ella cojeaba. Los hombros alicaídos y su encorvada  espalda le daban el aspecto de una señora mayor.

Ni una sola vez volvió sus ojos a mirar donde yo la estaba esperando. La perdí de  vista y volví a mi cuarto a seguir con la saga. Al volver ya era tarde y había apagado la luz.

 

Fin

María Toca

 

Sobre Maria Toca 1085 artículos
Escritora. Diplomada en Nutrición Humana por la Universidad de Cádiz. Diplomada en Medicina Tradicional China por el Real Centro Universitario María Cristina. Coordinadora de #LaPajarera. Articulista. Poeta

Sé el primero en comentar

Deja un comentario