UNA COLCHA PATCHWORK

Al pulsar el timbre me doy cuenta de que no llevo un libro. ¿Habrá revistas en la sala de espera? Necesito distraerme. Mantener la cabeza en blanco. No estoy nerviosa, tengo buenas referencias de este sitio. Pero sola y sin poder ni leer…
En la sala, el ambiente es elegante y frío. Hay tres personas. En los sillones de cuero frente al balcón una pareja habla en voz baja con las cabezas juntas. A la derecha, en un sofá blanco, una chica pelirroja de aire abstraído hurga en un bolso grande.
Respiro hondo, como me dice el psicólogo. Sin mirar a nadie me acomodo en la butaca negra. Cojo una revista e intento leer. La pelirroja saca del bolso una colcha patchwork y se pone a coser. El repentino colorido golpea mis ojos como un elemento extraño en esta sala impersonal. Esa colcha evoca espacios cálidos, estanterías repletas de libros, discos antiguos, risas de niños. No. Risas de niños no.
Vuelvo a la lectura. Minutos después percibo que la pareja me observa y levanto los ojos. Cielos, el que está con la mujer de mechas plateadas es él. Me quedo petrificada, tratando de no hacer ningún gesto. La revista suspendida en mis manos heladas. Pero no puedo dejar de mirarlo. Él tampoco puede dejar de mirarme. La energía de la habitación se condensa entre nuestros ojos. Como una conexión eléctrica.
—Perdona, dónde has aprendido a tejer eso tan bonito —Mechas-plateadas rompe el instante preguntando a la rubia de la colcha. Verde, azul, rojo, morado, amarillo, vuelta a empezar. La chica saca de su bolso un cuadernillo de labores y se lo alarga en silencio.
Gracias guapa, me apunto la referencia. — Se vuelve hacia él— Paco, dame un bolígrafo   ¿Paco? Si es Fran.
De nuevo me escondo tras el Muy Interesante. Él, que parece dominar la situación, entrega a su pareja un bolígrafo:
—Es una labor preciosa. Señorita, no querrá usted también apuntar la referencia —Se dirige a mí. A mí.
—Nogrcia —intento responder tras mi revista.
Por fortuna aparece una almidonada enfermera. Que los llame a ellos. Que desaparezcan ya.
—Sara, quiere Vd. pasar. Qué colcha tan bonita— la enfermera, obsequiosa, enciende las luces del techo. Atardece. Arrebujando el tejido multicolor en su bolso, la callada Sara desaparece tras el uniforme blanco.
Quedamos los tres en la sala, más iluminada pero de pronto descolorida. Mechas-plateadas me mira. Es evidente que desea hablarme. El ambiente se carga de nuevo, con una nota más ácida.
Me voy. No aguanto. Que me cambien la cita a otro día.
Una oleada de pánico me estira de las entrañas. Cómo me voy a marchar ahora. Con lo difícil que es conseguir cita. Y el poco tiempo que me queda. Además hoy tengo el dinero. Respiro. Aguanta, me digo. La de la colcha se irá pronto. Parecía embarazada, pero bien.
Intento no moverme, volatilizarme, desaparecer. Me aprieto los ojos con las palmas de las manos. La revista abierta en el regazo.
Mechas-plateadas de nuevo:
—Paco, ve a ver si ya está arreglado el coche. Es aquí al lado.
No. No vayas. No me dejes sola con ella. Por favor.
El roza levemente la nariz su mujer con un dedo: —Estoy aquí contigo y no voy a ningún sitio.
—No entiendo. Nunca quieres acompañarme al médico. Y hoy aquí como una lapa. Ni falta que me haces. —Enfadada. Me mira de arriba abajo: mis deportivas plateadas, mi camiseta vintage, mi coleta marrón. Mi bandolera de saco. Frunce la boca y se mira a sí misma: tacones aguja y bolso Gucci a juego, traje Chanel, seda en la blusa. Su gesto aprobatorio se convierte en interrogante al volverse hacia él: “soy veinte veces mejor” gritan sus ojos grises.
El parece tenso:
—May, que no estamos solos, no molestemos.
—Molestar. Por un simple comentario —utilizando la situación:
— Disculpe si la he molestado.
El Muy Interesante se me cae al suelo. Ella se apresura a recogerlo y yo me estrujo las manos para disimular el temblor.
Por fin él descubre mi mal rato. Su expresión cambia. Se apaga la tensión, surge el cariño, la preocupación, la sorpresa:
—Cari… señorita, ¿se encuentra bien?
Ella lanza una risa estridente con mi revista en la mano: —Hombre, según donde estamos, igual muy bien, no. Aunque mal aspecto no tiene.
Consigo inspirar hasta el fondo y ponerme de pie:
—Disculpen, voy a…
El se alza como una flecha y roza mi antebrazo. No lo vuelvas a hacer. No te atrevas. Aquí no. Delante de ella no.
—Quiere que llame a la enfermera—solícito.
—No seas plasta, se maneja muy bien sola. Son cosas de mujeres.
Alcanzo la puerta y salgo como una tromba al vestíbulo. La recepcionista me mira intrigada:
—¿Algún problema?
—Yo… ¿puedo volver otro día? No. No lo digas. Nada de eso. Otro día no puede ser.
—Pero… —asombrada hojea su agenda— Si su cita de hoy es… Ahora no se puede cambiar. El doctor…
Se abre la puerta de la consulta. En la penumbra, la pelirroja de la colcha pachtwork se despide de una alta y blanca figura. Al salir, se acerca a mí y pasándome un brazo por los hombros, cuelga su bolso de mi mano:
—Es para ti. Está terminada. Ya sabes, risas de niños.
Y sin pensarlo salgo rápidamente detrás de ella, con el corazón brincando por la escalera.
Luisa Horno
Sobre Luisa Horno 5 artículos
Luisa ha sido bibliotecaria, amante de la lectura porque su padre la inculcó el amor infinito a los libros. Luego la vida se la tragó un rato, justo el tiempo que tuvo de tener tres hijos y una vida vivida y quizá sufrida. Llegó el divorcio, la jubilación y decidió escribir. Hizo talleres y no ha parado, ha ganado el premio Caixa Forum de Relatos. Maestra indiscutible del relato corto...

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