La caída de Santander

Quedan pocos de los que lo vivieron;  los que están llevan la memoria diluida por nubes de algodón prensado por los años. La memoria se deposita en nosotros, nietos de los derrotados, que recogimos la simiente de aquella herida y la germinamos con un ansia de concordia y libertad que nada ni nadie nos arrebata. Ya vamos peinando canas, también. Por eso queremos dejar huellas de la historia que se vivió. Queremos posicionar en el justo balance el drama que vivieron muchos. Los derrotados. Los que se levantaron el día 26 de Agosto de 1937 en Santander, con un sabor ácido en la boca. El de la derrota. El del fin del sueño de ser libres, de tener dignidad, de levantar la vista de los zapatos del amo, justo hasta el cielo. Y se tragaron el miedo, la sangre y la derrota como siempre lo hacen los que pierden, en silencio, bajando los ojos pero manteniendo una pequeña llama dentro de ese corazón enmohecido con el recuerdo de lo que pudo ser.

Hoy hace ochenta años de la derrota. Entraron por Cuatro Caminos, regulares, tropas moras e italianas. Exultantes, borrachos de revanchismo, ira ciega y orgullo de aplastar la libertad. Como si fuera posible. Como si al matar al ser humano no se levantaran manos retomando las viejas ideas. Lo hicimos, lo haremos y lo harán. Ellos, los perdedores,  quedaron encerrados en la Plaza de Toros, en la Tabacalera, en  Caballerizas, Salesianos, Oblatas, Provincial,  Santa Clara… más que me dejo, porque durante muchos años la abyección y la miseria humana se personificó en los vencedores.

 

Hoy no festejamos. O quizá sí. Recordamos con orgullo a los Juanes, Tasios, Manules, Antonias, Matildes, Jesuses, Carmenes…a tantos que asumieron la guerra como una derrota personal. Algunos yacen en tumbas desconocidas, porque el odio caínita de los vencedores se mantiene aún. Otros se fueron apagando en la desdicha de una dictadura que se les hizo muy larga. Alguno queda aún y celebra con los ojos empañados cada  14 de Abril ese sueño que  truncado.

Cometieron errores. Se equivocaron mucho. Como los otros, solo que el mundo apoyó al bando equivocado y luego pagó el diezmo en una guerra infernal que a poco nos borra de la tierra. Hace cuatro días celebrábamos como la Novena entraba en París, porque muchos no se conformaron. Les crecieron alas en los pies y salieron hacia Francia que les recibió como madrastra con alambres de espino. Poco después les llamó y todos a una reaccionaron y salieron pitando con sus viejos uniformes destartalados a combatir de nuevo al fascio.

 

Esta vez ganaron, pero la victoria no llegó a esta vieja patria a la que soñaron volver  como libertadores. Murieron con la nostalgia de la libertad pegada a las pestañas.

Hoy es 26 de Agosto. Hoy hace 80 años de la derrota. De la entrada, o de la victoria, dicen ellos: los ganadores, porque aún lo son. Hace tres días, ¡tres! uno de ellos me dijo: joderse, que ganamos la guerra. Y me lo dijo con ira en los ojos, con la rabia que da la sangre y el odio mal digerido. Para algunos es axioma. Ganaron la guerra y la perdimos los de siempre. Los de abajo; a los que los sueños nos suelen costar caros.

 

Hoy quisiera enjuagar las lágrimas que el abuelo Juan derramó por su hermano de 17 años, que murió asesinado sin causa, sin juicio y sin ninguna razón, por Matilde Zapata que fue fusilada por escribir, por ser libre y volar. Por tantos y tantos. Quisiera poder decirles que ya no hay odio, que ya no quedan calles con nombres de vencedores, que no quedan monolitos que les recuerden el miedo. No puedo. Sigo año tras año prometiéndoles que el siguiente…y aún no he podido cumplir mi promesa.

Espero que no tengan que decir lo mismo mis nietos. Espero algún día abrazar a alguno de los que venció y que ninguno recordemos la causa por lo que se peleó porque todos vivamos en paz.

Mientras tanto, hoy celebremos que llevamos la llama de la libertad, que sigue más fuerte que nunca. Que ganaron la guerra pero de siempre, los que odian,  tienen perdida la paz.

María Toca Cañedo. Con respeto y amor, para Juan y Tasio Cañedo.

 

Se los llevaron.

Salieron de su casa muy de mañana,

se los llevaron presos,

camino de camposanto o de la era.

Se los llevaron.

Salieron despacito, sin hacer ruido,

llevaban en las manos grilletes viejos,

en los ojos el miedo, y en el vientre,

madre, en el vientre, llevaban todo el frío

que tiene el plomo cuando se hiere.

Se los llevaron.

Madre,  camino de la iglesia.

Se los llevaron.

Otros van de la mano hacia la hoguera.

Y caminan despacio.

Se los llevaron, niña, encierra esa lágrima

entre los tibios huecos de tu mirada.

Que se los llevan, madre, hacia la iglesia,

no sé qué será de ellos, madre,

 tal vez se mueran, o como a los toritos,

nos los degüellan.

María Toca

Dedicado a ellos, a los que se llevaron.

Santander- 26 de Agosto.2017. 80 años después.

 

Sobre Maria Toca 292 Artículos
Escritora. Diplomada en Nutrición Humana por la Universidad de Cádiz. Diplomada en Medicina Tradicional China por el Real Centro Universitario María Cristina. Coordinadora de #LaPajarera. Articulista. Poeta

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