Feminismo Radical

La principal razón del debate regulacionista de la gestación subrogada, no solo tiene connotaciones políticas y por ello, socialmente entendidas como ideológicas en el espectro de la política institucional, sino que además tiene fuertes raíces ideológicas y de confrontación procedentes del feminismo, desde la concepción de la política feminista -no como adorno, sino como eje- reivindicativa, libertaria y combativa.

El feminismo –sin duda- no es un movimiento homogéneo, sino que fluctúan y confrontan opiniones, enfoques y perspectivas, algunas de ellas, completamente antagónicas.

Los feminismos desde su historicidad luchan fervientemente para que el cuerpo de la mujer no sea objetivizado sujeto a intercambios económicos, capitalizándolo y exponiéndolo como un objeto dependiente de la variabilidad de la economía de mercado. Sin embargo, fuertes bases del feminismo defienden resignificaciones con connotaciones ideológicas liberales, que aluden a una cierta libertad – entendida como ya adquirida- del uso de sus cuerpos.

Un feminismo, que defiende desde sus aliados más próximos, la regulación de la gestación subrogada olvidando, a grandes rasgos, el funcionamiento del espectro socio económico más básico de las sociedades occidentales, ésta es una versión necesariamente parcializada.

Otras bases del feminismo se oponen firmemente a la instrumentalización material de la maternidad, a concebir la maternidad como una ramificación de la economía de mercado, así por ello, entendiendo la gestación, maternidad y a la descendencia, meramente como un producto de consumo a disposición de las rentas de capital.

Esta vertiente del feminismo, autoproclamado como feminismo radical o feminismo anticapitalista, dice desdibujar las fórmulas de poder patriarcales y las estrategias de comercialización de la mujer asociadas, desde la génesis.

No sólo conciben la misoginia y sus expresiones patriarcales machistas como un ideario colectivo de ámbito cultural, sino que entienden que el modelo económico es un agente de socialización que promueve la instalación de discursos machistas apoyándose en los resultados económicos de dicha actividad y, no en las repercusiones sociales reales, que ellas entienden por encima de cualquier beneficio empresarial o económico, personal o colectivo.

Impugnan cualquier discurso de la “libertad” como solipsismo, como análisis vacío y como falacia. Ya que entienden que la mayoría de mujeres que se someten a esta clase de procedimientos, son aquellas que -desde la necesidad- buscan fórmulas para escapar de la pobreza, atribuyéndole un carácter no solo cultural y económico, sino de clase.

Modelo de familia: Hetero normativo y patriarcal

Anthony Giddens (1991) en su libro titulado Sociología, ya marcaba la línea en cuanto al análisis de la configuración de las sociedades. Consideraba que ningún analista puede entender las dinámicas de una sociedad –con todas sus peculiaridades- eliminando el concepto de familia. Siempre hablando en términos de “sociedades” desde la morfogénesis. Afirmaba que la familia era el último reducto, el espejo de las masas que marcaba una tendencia. Si entendías las dinámicas familiares, entendías el funcionamiento de la sociedad.

La familia no es un concepto homogéneo, sin embargo, en España ha significado una institucionalización de toda una estructura, toda una tradición de dogmas identitarios que lejos de ser cuestionados, eran inoculados por diversas vías. Es de sobra conocido, por la experiencia de la antropología y la sociología, que nuestro modelo familiar no es el único en el mundo, ni el mejor.

Este modelo de familia es muy característico de las sociedades occidentales y es uno de los ejes de la reivindicación feminista. El papel de la familia y de su concepción, pasando por el matrimonio, por la obligatoriedad de ampliar la familia como objetivo vital prioritario, el papel de la mujer, el desarrollo laboral, la autonomía y el empoderamiento femenino, son solo algunas de las apreciaciones, aproximaciones y objeto de análisis y reconfiguración.

Si bien, la familia tradicional ha formado parte siempre de un ideario colectivo a razón de la tradición judeo cristiana que sostiene casi en su totalidad nuestra cultura, tradiciones, pautas culturales, incluso, hábitos de vida. Por otro lado, podemos entender que las nuevas generaciones no ponen en jaque este modelo de familia.

¿Qué correlación existe entre el modelo tradicional de familia y la gestación subrogada?

Sin duda, la idea de que la familia -tal y como la entendemos- es un derecho. Es un paso previo al desarrollo profesional, personal, social, económico y relacional sin el cual no podemos avanzar, que se forja en el matrimonio y se dinamita desde el feminismo libertario.

Si entendemos que es un derecho, entendemos que obligatoriamente aquel que pretende negárnoslo está, por ende, en contra de los derechos y su cumplimiento. Y aquí entra una mención a una autora muy interesante.

Hannah Arendt (1951) en su libro Los orígenes del totalitarismo ya advertía de lo peligroso que era tildar de totalitario algo que no lo es, simplemente, por una cuestión de justicia.

El Feminismo Radical, no plantea la prohibición directa de dicha actividad porque esté en contra de los derechos reproductivos, sino precisamente porque los defiende, está en contra de esta actividad.

Como ya dije anteriormente, entienden que va en contra de sus derechos y que la dulcificación narrativa del feminismo liberal sobre este tema, es una falacia. Las mujeres pobres no eligen libremente gestar, eligen gestar, pero no libremente.

Del mismo modo que los demandantes no eligen libremente alquilar un vientre, sino que se les inoculó un discurso de familia incompleta por no tener hijos, haciéndoles creer que era un derecho que podían exigir sea cual sea la consecuencia de ese acto.

Si la familia es un derecho, la gestación es un derecho, por tanto, las mujeres –que son las que tienen la habilidad- tienen el deber de gestar. Y es aquí, donde el Feminismo Radical alude a la sumisión, al sometimiento, no solo al deseo patriarcal de la familia, sino a su obligado cumplimiento instrumentalizando la pobreza y materializando la maternidad como un producto de consumo y una producción en alquiler sometida al libre mercado.

El comité de Bioética afirmó que todo lo que se puede hacer no debe hacerse obligatoriamente. Afirmaba en un comunicado que era una cuestión de ética y que entender un hijo como un derecho es directamente un acto de cosificación. Un hombre o una mujer no tienen derecho a tener un hijo, sin embargo, el hijo sí que tiene derecho a tener un padre o una madre.

Sin embargo, la cosificación tiene que ver con el concepto de propiedad que tengamos, ese concepto, no puede ser objeto de análisis si no hablamos en clave y en términos de economía y lo parcializamos reduciéndolo a una actitud arbitraria, cuando no lo es.

No podemos hablar en términos de arbitrariedad e individualidad cuando hablamos de sociedades y de dinámicas sociales. Es simplemente la constatación de que esa lectura es simplista, tendenciosa y capciosa. Pretende instalar un discurso solipsista prácticamente negando la configuración de las identidades colectivas y de la influencia social y por ello, es imposible hablar de dinámicas familiares y sociales desde la idea de que las decisiones asociadas al carácter tradicional de la familia nacen del propio “yo”.

En definitiva, la decisión de alquilar un vientre no nace de una decisión libre, sino de la posición sociocultural de la familia tradicional que no nos permite elaborar nuevas formas de crianza y la disposición a alquilar el propio vientre, de la necesidad económica que jamás debiera culminar con la venta del cuerpo de nadie sometiéndose a la visión patriarcal del cuerpo de la mujer, al tiempo, que el capitalismo sirve de herramienta.

Modelo económico: Capitalismo y consumismo

El capitalismo es un modelo económico imperante en las sociedades occidentales. Este modelo funciona y se retroalimenta a través de la explotación de los recursos propios y se sustenta con la expoliación de recursos de terceros. Para que existan territorios que puedan consumir determinados productos y materiales, otros deben proporcionárselos.

No caracteriza a este modelo el uso de la ética en sus intercambios, no podríamos tildarlo de un modelo económico sostenible, ni tan solo funcional. Ya que no busca, ni pretende buscar el acceso y la cobertura de necesidades a través del intercambio de bienes. Se basa en producir y producir sin razón por acumulación de beneficio y capital. Simplemente es la capacidad de unos pocos para acumular sin fin. Ubicándonos, al final, en contextos de explotación de una mayoría para alimentar de recursos a una minoría.

Podríamos definirlo no solo como un modelo económico, sino como una ideología, una forma de pensar, de actuar, de sentir y de construcción social. El capitalismo ha servido para poner en valor el precio de todo. Un modelo que se basa en la oferta y la demanda y no se preocupa del valor de la ética, ni de las repercusiones sociales reales y, por supuesto, de las consecuencias no solo sociales, sino medioambientales.

En un contexto en el cual nos encontramos con todo un paradigma económico que se dedica a ofertar aquello demandado sin cuestionarse nada, en un modelo económico que perpetua la desigualdad y la promociona como eje ideológico, el uso indiscriminado y la banalización de la libertad como estrategia de marketing y nunca como pilar de desarrollo empresarial, podemos decir abiertamente que el feminismo radical choca frontalmente contra el capitalismo.

No se puede hacer un análisis profundo del capitalismo si excluimos el análisis del feminismo radical. Éste afirma que no solo es una cuestión de promoción de la desigualdad de clases, sino que al tiempo, hay razones suficientes para entender que el capitalismo, en sus dinámicas, es un agente de socialización del machismo.

El capitalismo, como estrategia político económica, de manera natural sirve y funciona para ofertar aquello demandado. El feminismo radical hace una reflexión sobre el nacimiento de nuestros deseos materiales y sobre qué demandamos y por qué.

Si vivimos en una sociedad patriarcal, entonces cualquier proyección de esa sociedad será patriarcal. Podemos observarlo claramente en el comportamiento y la conducta del mercado laboral. La mayor parte de trabajos ofertados y realizados por las mujeres tienen una relación directa con su género asignado al nacer.

El género, esa construcción cultural que en función de la genitalidad se le atribuyen características y habilidades predeterminadas, permite que se siga asociando los cuidados con las mujeres. Si miramos los datos más recientes, prácticamente el total del personal de limpieza de empresas públicas o privadas son mujeres, porque es lo demandado, por ello se oferta, porque asociamos los cuidados a la mujer por defecto.

El capitalismo está al servicio del patriarcado, simplemente, porque el capitalismo lo han tejido los hombres. Una economía enfocada, no a cubrir necesidades, sino deseos. Deseos nacidos de un paradigma social en la que la mujer es objeto pasivo y el hombre sujeto activo configurándolos a través de un discurso machista en derechos que deben cumplirse.

Se configuran como dos estructuras de poder jerárquicas que encajan a la perfección. Se pueden hacer paralelismos con otras muchas actividades laborales y otras, que se consideran laborales. El debate feminista simplemente pone sobre la mesa el carácter transversal del modelo económico y del modelo social.

Entiende que cualquier política social aplicable nunca será efectiva, ya que en un contexto y en una estructura creada precisamente para generar esas desigualdades entraríamos en un punto muerto. La igualdad en un contexto de desigualdad no tiene cabida, es un proyecto destinado al fracaso.

Sin embargo, hay una clara disposición de los gobiernos a legislar y a regular toda actividad por nada ética que sea. Están dispuestos a justificar actividades que generan todavía más estadios de desigualdad por su rentabilidad económica.

Este es el caso de la gestación subrogada o vientre de alquiler. Aunque también podríamos hacer paralelismos entre la prostitución y la pornografía. Podríamos hacerlo porque es la constatación de que el capitalismo está al servicio del demandante, de lo rentable, de lo solvente y no le importan las repercusiones a todos los niveles que puedan significar.

En cuanto a la gestación subrogada, algunos movimientos sociales, partidos políticos y algunos colectivos entienden que el embarazo, el proceso de gestación y la descendencia pueden estar sujetos a un contexto económico que garantice los criterios suficientes en base al derecho.

Podemos volver al concepto de familia tradicional sin duda. Si entendemos que la familia es un derecho, entendemos entonces que tener hijos es un derecho y si no hay consentimiento, el capitalismo ya se encargará que la necesidad del dinero juegue el papel decisivo en la “libertad de elección” y en ese consentimiento que no se adquiere por otra vía.

Da la casualidad que los países donde más se demanda el vientre de alquiler, son aquellos que se ubican en porcentajes de pobreza más altos. Tal vez, no decide la persona, decide el hambre. Al tiempo, que rodean muchas falacias en relación a las mujeres que gestan.

El Feminismo Radical y su discurso abolicionista, no puede hacer más que referenciar la incapacidad de discernir entre lo que es ético y lo que no lo es. Aquella actividad que genera beneficios a unos pocos y que perjudica a muchos. La incapacidad de darse cuenta que la economía está al servicio del patriarcado y que este último, sirve para marcar la línea de lo que puede o no ser ofertado.

El feminismo radical no pretende abolir la actividad de la gestación subrogada por cuestiones morales, lo quiere abolir para que las mujeres no sean objetivizadas como productoras, para que no se pueda hacer negocio con el cuerpo de las mujeres, para que la gestación sea un derecho inalienable y para que, precisamente, a través de un contrato, no se le nieguen sus derechos más básicos, como el aborto.

No hay ni un solo sistema en el mundo que sea garantista, ni uno solo y si lo es no existe demanda. Es la constatación de que la legislación tiene un papel importante, pero que tiende a adaptarse a la flexibilidad del libre mercado. Así pues, no es garantista. Si la ley marca criterios demasiado estrictos, la actividad empresarial no funcionará. Sin embargo, si los criterios son de fácil cumplimiento, el negocio dará muchos beneficios a costa de las mujeres, pero ya sabemos que eso no es el centro de la agenda capitalista.

Es imposible hablar solo de “gestación subrogada” en términos de derechos de la mujer, sin recordar ni hablar, de los privilegios empresariales. Quiero recordar que la mujer gestante únicamente se beneficia de media de 1/5 parte del total pagado por el servicio.

El feminismo radical pone en duda que un proceso natural pueda ser objeto de comercialización. Bajo el slogan: “no somos vasijas” critican con dureza la venta del cuerpo de una mujer, de su habilidad de gestar y hacen especial hincapié en el intercambio económico.

El feminismo radical pone en cuestión el carácter de capitalización de la maternidad, entienden que la maternidad es una decisión personal, emocional e inalienable que no puede estar sujeta a las idas y venidas de la economía de mercado, que no garantiza el bienestar y los derechos de las mujeres.

El aborto, es uno de los ejes centrales de esa crítica y ese posicionamiento ideológico. ¿Puede abortar el proceso de gestación una mujer que gesta el hijo de una pareja? La realidad es que ese es un debate muy profundo. Evidentemente desde la perspectiva feminista se defiende con un Sí rotundo, sin embargo, si entendemos ese procedimiento como un intercambio de bienes ¿qué le da derecho a la mujer a abortar un proceso que ha sido acordado con un contrato de trabajo? Y es aquí, donde se establecen paralelismos obligatorios en cómo el capitalismo y cómo la legislación no es capaz de ser garantista.

Si la ley permite abortar a la madre gestante, entonces, el producto no está garantizado. Y sí, tenemos que hablar de un recién nacido como un producto, porque es a eso a lo que me refiero exactamente. Al carácter capitalizable del modelo económico que lo configura todo como un producto de consumo.

Parece un debate absurdo, sin embargo, si entendemos que la gestación es un proceso que puede estar sujeto a la economía y a sus dinámicas, debemos hablar en términos también, del derecho del consumidor.

Y entramos en un debate de quién importa más, la madre gestante o el comprador y entramos en el debate redundante de la incapacidad de las legislaciones de cumplir simultáneamente los derechos de todos. Si una actividad tiene que ir asociada a una ruptura de las relaciones humanas asociadas al derecho individual y colectivo, simplemente, no puede ser justo.

Concepción Arenal (1895) en el Ensayo de Derecho de gentes, explicaba por qué una estructura de poder, una fórmula de opresión o una guerra, no pueden ser nunca justas, por muy justificadas que puedan estar en sus preámbulos. Si abrimos la veda a la explotación, se dé o no, estamos legitimándola obligatoriamente.

Exactamente el mismo debate se establece cuando se ponen en cuestión las regulaciones laborales. En función de la ideología del legislador, serán más o menos protectoras y las mujeres, en función de la situación jurídica en la que se encuentren, tendrán más o menos derechos y protección en relación a ese proceso. Sí, en función de la ideología de partido, más neoliberal o menos, tendrán más o menos derechos.

La legislación no es estática, por ello, el discurso garantista cae por su propio peso. De igual modo, un acuerdo parlamentario complejo tampoco daría la garantía suficiente, ya que implica que las distintas fuerzas políticas cedan. Si el posicionamiento de un grupo político es la de dar plenas garantías y tiene que ceder para pactar una regulación, cede criterios de garantías para su no cumplimiento.

Tampoco hay que hacer un discurso naif sobre las dinámicas parlamentarias, pero como dije anteriormente, debemos entender que si la sociedad es patriarcal y la economía está a su servicio, la política también. La sociedad lo exige, la economía lo permite y la política le da alas.

El feminismo radical entiende que el cuerpo humano no es un bien capitalizable, ni un producto de consumo y por ello, no está sujeto a intercambios económicos, ni debe estar sujeto a deseos de terceros, sean o no remunerados.

Antoni Miralles Alemany

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